Un partido de frontón perdió al líder de Los Rodolfos

Héctor De Mauleón

El 29 de abril de 2018, a las nueve de la noche, ocurre un hecho sin precedentes en la ciudad de México. Tres sicarios de entre 20 y 22 años, que descienden de una camioneta gris, acribillan con ráfagas de AK-47 a cuatro jóvenes, en una esquina de la colonia El Triunfo, en Iztapalapa.
Cámaras de seguridad captan el momento dramático del ataque: mientras uno de los sicarios abre fuego contra las víctimas, otro más se acerca a los caídos y con absoluta sangre fría les da el tiro de gracia.

Un multihomicidio de este tipo, con ráfagas de arma larga, no había ocurrido antes en la capital del país. En menos de un minuto, los sicarios llegan, ejecutan, escapan.

El ataque formaba parte de una operación de un grupo criminal que manejaba más de 200 narcotiendas en Xochimilco y Milpa Alta, y que desde el abatimiento de Felipe de Jesús Pérez Luna, El Ojos, líder del Cártel de Tláhuac, extendía sus dominios hacia zonas de Tlalpan, Coyoacán e Iztapalapa.

El grupo era dirigido por Héctor Rodolfo Rodríguez, El Gordo. La policía había bautizado a esta organización como Los Rodolfos. Se habían aliado con un grupo muy violento que opera en el Valle de Chalco, el cual les proporcionaba armas y sicarios.

Casi un año más tarde —febrero de 2019— una segunda ejecución multitudinaria llenó de sangre una calle en Los Reyes Culhuacán, alcaldía de Iztapalapa. A las 3:30 de la madrugada un grupo de jóvenes bebía en la vía pública, frente a la Iglesia de los Santos Reyes. Una cámara del C-2 Oriente grabó lo ocurrido a continuación: cuatro hombres descienden de un automóvil, asesinan a seis personas y huyen a bordo un coche rojo. Los sicarios iban por un conocido narcomenudista apodado El Mane: buscaban venganza por la ejecución de un miembro de Los Rodolfos, El Megatrón, y por la captura de otro conocido como El Cabezas.

Las diez víctimas de estos atentados han de sumarse a las que Los Rodolfos dejaron en las calles durante los tres años anteriores.  Héctor Rodolfo Rodríguez, El Gordo, fue obligado por El Ojos a someterse al Cártel de Tláhuac. Cuando este cayó en un enfrentamiento con la Marina, su estructura se separó, “y cobró fuerza”.

El Gordo operó con auxilio de elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, a quienes efectuaba pagos de 500 pesos semanales. Los uniformados ponían en marcha sus torretas cuando algún operativo se acercaba a las narcotiendas. Los “dealers” entendían y se esfumaban.

Según la propia SSC, además de manejar narcotiendas en cinco alcaldías, la gente dEl Gordo sometía a extorsión a locatarios, controlaba taxis “pirata” y mototaxis y aprovechando el control que había establecido en las zonas altas de la ciudad, había incursionado también en el negocio de los talamontes.

Héctor Rodolfo Rodríguez solía moverse en colonias apartadas, de callejuelas intrincadas y acceso complicado. Al menos un operativo para detenerlo fracasó porque halcones en motones y taxistas de su red “asentaron” el tránsito vehicular en tanto el líder criminal era alertado y procedía a escapar.

A fines de junio, la Policía de Investigación detuvo a Gerardo Mora Corona, El Yayo, segundo al mando de Los Rodolfos, así como a otras 14 personas. El Yayo, según las autoridades, estaba relacionado con los hechos de Los Reyes Culhuacán.

Lo que perdió al Héctor Rodolfo Rodríguez, sin embargo, fue su pasión por las apuestas. En particular, por el frontón.

El Gordo frecuentaba las canchas de colonias marginadas y organizaba encuentros en los que se apostaban fuertes cantidades. En no pocas ocasiones, él mismo participaba en los encuentros.
Policías infiltrados en las canchas por las que Rodríguez se movía, alertaron que el pasado 10 de agosto se iba a jugar un partido importante en San Miguel Topilejo.

Esa tarde, una decena de elementos de la SSC vestidos de civil se apostaron en las gradas (había también varias agentes que fingían seguir el juego con entusiasmo). De pronto apareció el líder de Los Rodolfos, vestido con shorts y con una camiseta en la que se leía: “Frontón Zapotitla. El Gordo”.

Se había tendido un cerco en los alrededores para evitar que halcones y pobladores intentaran rescatar al jefe criminal. Se avisó a los mandos que este acababa de entrar. La detención fue autorizada.

“Van a valer madre”, les dijo El Gordo. Su gente intentó arrebatárselo a los elementos. Uno de sus cómplices sacó un arma. Finalmente, Rodríguez y tres sujetos más fueron detenidos.

El Gordo cubrió de violencia el suroriente de la capital. Los peores años que ha vivido la ciudad de México se deben en parte a su grupo, y a las autoridades que lo protegieron.

Si no se llega a estas, la violencia seguirá cundiendo.

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